El abogado como “guerrero” y las técnicas de litigación oral

Así como una de las funciones del abogado es ser soldado de la paz, dado que su trabajo permite resolver los conflictos de manera consensuada y pacífica, evitando la justicia por mano propia y ayudando a una convivencia más armónica de la sociedad, cuando la instancia de negociación ha fracasado, el litigante debe asumir el rol de “guerrero”, metafóricamente hablando.

Para eso tiene que ser hábil en el uso de las técnicas de litigación oral, que serán las armas de las cuales se deberá valer si lo que quiere es ganar, o al menos hacer un papel digno, en el juicio o audiencia oral.

En su primer rol, como soldado de la paz, debe saber y poder entender correctamente las necesidades y expectativas de sus clientes y de la parte contraria, para develar los intereses de cada uno e intentar llegar a un acuerdo que pueda satisfacerlos y poner fin al conflicto.

Pero lo cierto es que no siempre los acuerdos son posibles y que en ese caso el litigante deberá estar dispuesto a enfrentar a su adversario en la batalla, es decir en un juicio oral y público. Muchas veces los abogados instan a sus asistidos a lograr acuerdos, porque son ellos quienes no están dispuestos a asumir el desafío y vivir la adrenalina que se vive en todo un juicio oral.

Y ello se debe a que toda audiencia oral expone al jurista en la vidriera, resalta sus virtudes y también pone a la vista de todo el mundo sus deficiencias profesionales o del caso que representa. O peor aún, la hipótesis a defender en el juicio no resulta creíble.

Para evitar malos momentos, cualquier abogado necesita conocer y manejar hábilmente, además del derecho de fondo y procesal, las técnicas de litigación oral, que son metodologías de trabajo que guían y sirven de soporte. Son las armas para el guerrero litigante, que usará con claras intenciones de vencer. Porque en el juicio solo puede haber un ganador, y todo litigante comprometido quiere ser dueño de la victoria.

Las herramientas como mejores armas

Es, en este sentido, que en plena batalla no podrá revisar permanentemente sus papeles, cambiar de estrategia o presentarse a la audiencia sin tener claro su propósito o lo que intenta obtener. Mucho menos quedarse mudo al hacer sus alegatos, temblar como papel o dejarse intimidar por los peritos. Tampoco es posible que no sepa qué preguntar o haga cuestionamientos sin sentido. De ahí que es sumamente importante que sepa para que sirve cada técnica de litigación oral y además esté acostumbrado a usarlas. Para esto, previamente se requiere de mucha práctica.

Un buen litigante interviene en el momento preciso, dando un golpe sorpresivo, esquivando los ataques del adversario, hablando lo justo y humanizando el caso.

Algunas de esas herramientas son: el alegato de apertura, el interrogatorio y contra interrogatorio y la introducción de evidencia material, el uso de las declaraciones previas para evidenciar contradicción o refrescar la memoria, las objeciones y el buen uso del lenguaje corporal, entre otras.

Antes se creía que era buen abogado aquel que se expresaba oralmente de manera segura o aquel que hacía largos discursos. Hoy sabemos que un buen litigante interviene en el momento preciso, dando un golpe sorpresivo, esquivando los ataques del adversario, hablando lo justo y humanizando el caso.

Algunos ejemplos

Imaginemos que en pleno juicio un testigo miente descaradamente pero el abogado no sabe cómo demostrar la falsedad. O bien, en otro ejemplo, el testigo citado olvida un dato importante y el jurista no sabe cómo extraer esa información que es crucial para demostrar la inocencia de su cliente.

O bien, puede presentarse otro escenario donde el litigante contrario manifiesta en su alegato de clausura sobre hechos que no se han probado en el juicio o sobre una ley inaplicable. O que el magistrado se transforme en quien interroga, o se nota que todas las decisiones que se van tomando en la audiencia oral están basadas en prejuicios.

¿Qué se debe hacer en estos casos? Las respuestas nos las brindan las técnicas de litigación oral.

Pero además se debe ser consciente de la impresión que se causa frente al auditorio. Debe tenerse muy presente si las palabras seleccionadas y lo que se expresa con el cuerpo coinciden o son contradictorios.

Se debe saber leer el lenguaje corporal y gestual de los demás. Al respecto, cabe preguntarse: ¿es el potencial miembro de un jurado popular es realmente imparcial o en realidad oculta su odio racial o sus ganas de obtener Justicia porque antes fue víctima de un hecho similar? Son cuestiones que tienen que dilucidarse, ya que no hacerlo acrecienta el margen de error, la necesidad de improvisación, y como consecuencia de ello se arriesga o apuesta la suerte de ese juicio.

Por otro lado, el litigante deberá saber utilizar su espada maestra. Esta es el alegato de clausura, que exige saber de oratoria, retórica, comunicación asertiva, para contar una historia persuasiva que le va a permitir conducir, al magistrado o los miembros del jurado, por esos hechos que hoy están siendo juzgados.

Como puede apreciarse, el litigante, si es un buen guerrero, no puede arriesgarse a ir al juicio sin saber para qué sirven cada una de las “armas” que tiene a su disposición. Ni mucho menos sacar el arma y no saber usarla. Ya que esto puede ser letal para su caso y, por ende, para los derechos e intereses que está representando.

Liderar cada causa en todos los aspectos y ser diestro en el manejo de las técnicas, hace realmente la diferencia.

Por Déborah Huczek, abogada especialista en Derecho Penal y Migratorio, Maestra internacional (EEUU) en Juicio Oral, y titular de Estudio jurídico INA.