Las muchas muertes de Serafina López

Se opuso a que su hija de 11 años tuviera relación con un narco de 28 y terminó traicionada: la nena, su hermana y un primo conspiraron para que la mataran.

Tamaña tragedia hay en su historia que sólo puede hallarse algo de consuelo en el hecho de que las balas acabaron con sus días antes de que pudiera darse cuenta de que sus dos hijas le habían abierto la puerta a quienes las gatillaron.

Al menos así evitó enterarse de que la menor terminaría desnutrida, convertida a los 12 en madre de un bebé que no puede vivir sin asistencia médica. Que la mayor se perdería en la droga y que aquel sobrino al que solía ofrecerle cama y techo para dormir, además de traicionarla, se transformaría en un violador de menores.

Todo a 500 metros del Patio Bullrich.

Tan dispuesta a salvar las vidas de sus hijas estaba Serafina López que terminó perdiendo la suya.

Madre soltera, guerrera por necesidad, cuatro años antes de su final Serafina López se vino de Paraguay con sus dos hijas. Rebotó en distintos lugares hasta que recayó en lo mejor que pudo encontrar, una casilla en la villa 31 bis de Retiro. Pronto consiguió trabajo como empleada de limpieza en una oficina, algo que le permitió terminar de acomodar a la familia. Al tiempo hasta podía darse el lujo de pagarles clases de inglés a sus nenas, el verdadero centro de su existencia.

Pero, claro, tanto trabajo le dejaba poco tiempo para alejar a sus hijas de los riesgos y las tentaciones.

Por las calles de la villa se empezó a pasear por entonces un paraguayo mal llevado llamado Cosme Damián Báez. Le decían “Roni”, pero era más conocido por la obscenidad con la que cargaba sus pistolas a la vista de todos y por su brutalidad para moverse, con aceptable éxito, en el negocio de la droga.

Llegado del Paraguay en 2012, escapaba de una orden de detención internacional por un homicidio agravado. Aquí, por un tiempo, nadie lo supo. Por lo menos, nadie por fuera del clan que supo formar para manejarse en el mundo narco. Un clan que integraban, entre muchos otros “soldaditos” menores de edad, Francisco Ramón Martínez López.

Nada menos que el sobrino de Serafina.

Pero eso no sería más que un ingrediente de la desgracia que se estaba cocinando.

Un día de 2014, Serafina se dio cuenta de que la incipiente rebeldía de su hija menor, una chiquita de 11 años, no sólo se explicaba por una adolescencia iniciada antes de tiempo. No. Había algo más.

Alguien más.

Decidió revisarle el celular y entonces lo vio todo: los mensajes de amor ya se habían convertido en mensajes de sexo. Pronto se convertirían en mensajes de odio.

Del otro lado del teléfono, quien le escribía a la nena era Cosme Damián Báez, “Roni”. El narco. El de 28 años.

Serafina le prohibió a su hija menor que lo volviera a ver. Sólo recibió desprecio. Intentó aliarse con su hija mayor, Fátima Carolina, por entonces de 16 años. Y sólo recibió desdén.

Desesperada, la mujer encaró a Cosme Damián Báez y le exigió que dejara de buscar a su hija. Lo amenazó, le gritó y le aseguró que estaba dispuesta a morir con tal de lograr que la dejara tranquila.

Fue peor.

La nena empezó a escaparse de la casa. Decía que iba a la escuela pero se encontraba con Báez. Serafina la descubrió y denunció su desaparición ante la Policía.

Báez le rodeó la casilla con “soldaditos”. Otra vez, se los subió, armados, al techo. Y otra, vació un cargador delante de ella para que supiera de lo que era capaz.

Siete días antes de morir, Serafina fue por todo. Se presentó en la comisaría y denunció a Báez por el abuso sexual de su hija de once años.

En la madrugada del 14 de noviembre de 2014, una banda armada entró a la casa de la mujer y la ejecutó a tiros.

Fátima Carolina, su hija mayor, aseguró que había salido a bailar y que, al regresar, se había encontrado con su madre muerta. La hija menor no estaba disponible para declarar: los asesinos se la habían llevado.

Sólo el vecino de enfrente, un herrero de apellido Díaz, se animó a hablar. Contó que, aquella madrugada, había visto desde su casa a los asesinos de Serafina. Dio los nombres de todos.

Uno era Báez. Otros, reveló, eran familiares de la víctima.

Sin embargo, el hombre fue asesinado antes de poder dar más detalles. Dijeron que lo mataron durante una pelea por un perro. Pero eso, en la 31 bis, nadie lo cree.

La investigación se orientaba hacia un montón de nada cuando Fátima Carolina pidió volver a declarar. “Sueño todos los días con mi mamá”, explicó. Eso, aseguró, la impulsó a contar la verdad: ella les había abierto la puerta a los asesinos de Serafina. Culpó a Báez, a su primo Francisco Martínez López, a la novia de éste y a un chico de 14 años, “Pirañita”.

Y a su hermana menor, claro.

La nena de 11 años apareció deambulando por la estación de ómnibus de Retiro. Había pasado un mes del crimen de su mamá pero seguía vestida con la misma ropa que aquel día. Sólo se la habían quitado para abusar de ella, Baéz y otros hombres, en una villa conocida como “de los paraguayos”.

A Báez la Policía lo ubicó poco después, tiroteo mediante, en la localidad de San Miguel. Desde entonces está preso.

Fátima Carolina aseguró que había sido su hermana la que le había pedido a Báez que matara a su mamá. Y que ella, de alguna manera, había estado de acuerdo. En la madrugada del 14 de noviembre, indicó, su primo Francisco Martínez López se había quedado en la puerta de la casa junto a su novia, Thalía. Los adolescentes -tenían 16 años- sabían que no llamarían la atención de los vecinos porque el chico se solía quedar a dormir allí. Esperaron hasta que aparecieron Báez, su primo Rolando Aquino y “Pirañita” y entonces le dieron unos golpecitos a la puerta.

Adentro, atentas, aguardaban Fátima Carolina y su hermana. Lo que nadie esperaba era que Serafina se despertara y preguntara qué ocurría. “Nada, mamá, seguí durmiendo”, le respondió la mayor de sus hijas. Al rato, les abrió a los asesinos.

“Pirañita”, el de inimputables 14, fue quien le disparó en la cabeza a la mujer antes de que volviera a abrir los ojos.

Tenía 33 años.

Tras la detención de Báez, la Policía salió a buscar al resto de los señalados. A Rolando Aquino nunca lo halló y aún hoy sigue prófugo. Al primo Francisco tardaron en hallarlo; apareció en un allanamiento hecho en otra causa, en la casa de uno de los buscados por el crimen del testigo Díaz.

El juicio oral se hizo en agosto del año pasado. Báez fue condenado a prisión perpetua por homicidio doblemente calificado, mientras que Fátima Carolina, su primo Francisco y la novia de éste fueron hallados penalmente responsables pero el Tribunal Oral N°3 de Menores difirió el momento de aplicarles la condena hasta que todos tuvieran 18 años cumplidos.

Eso debía ocurrir el 15 de febrero pasado. Pero para cuando se hizo la audiencia, la sentencia original estaba apelada ante la Cámara de Casación y el Tribunal Oral decidió esperar a que esto se resolviera para fijar las penas, algo que aún no pasó. Francisco, el único de los menores que seguía preso, aprovechó para pedir la libertad y la obtuvo.

A pesar de la oposición de Déborah Huczek, abogada de la madre de Serafina y principal motor del proceso, el Tribunal permitió que una tía de Francisco -y hermana de la víctima- se lo llevara a vivir con ella a Comodoro Rivadavia, Chubut. “Voy a conseguirle trabajo”, aseguró.

Menos de un mes después, esta mujer comenzó a notar que su hija de doce años se ponía a temblar cada vez que tenía cerca a su primo Francisco. La situación la preocupó tanto, y se repitió tantas veces, que resolvió pedirle a su sobrino que se fuera unos días a Buenos Aires.

Recién entonces su hija le contó que Francisco la violaba casi todos los días.

El joven, que ya tiene 19 años, fue detenido este miércoles por la Policía Federal dentro de la villa 31 bis, en un pasaje de la manzana 102. Al ver a los agentes, se desmayó y tuvieron que llevarlo al Hospital Rivadavia. Ahora está preso en el penal de Marcos Paz, aunque sigue sin sentencia por el crimen de Serafina.

“Pirañita”, por la edad que tenía cuando le disparó a la mujer, nunca recibirá castigo: fue declarado inimputable y anda libre por la misma villa 31 bis.

Las hijas de Serafina, en cambio, cargan con otras penas. Fátima Carolina entra y sale de un hogar de Flores, adicta a las drogas, mientras espera la resolución judicial. Su hermana menor cumplió 12 estando embarazada y el año pasado, desnutrida, dio a luz a un bebé que ahora está internado por la innumerable cantidad de insuficiencias que sufre.

No, Serafina no lo hubiera resistido.

 

Fuente: Clarín